sábado, 23 de marzo de 2013

¿ES LA DESIGUALDAD FRUTO DE LA BIOLOGÍA?


Cuando hablamos de igualdad  no podemos echar mano de la biología o los instintos  y las cuestiones naturales para justificar las diferencias entre sexos que crean desigualdades. Ese es precisamente el error de aquellas personas que, sin darse cuenta, no se apartan de lo que han interiorizado mediante el aprendizaje.
Texto Suzanne


Ser biológicamente distintos no implica que socialmente tengamos que ser desiguales

Para hablar del camino de la igualdad real deberíamos partir de la idea de que mujeres y hombres rigen su comportamiento por la socialización que han tenido desde niños. Nos vestimos, peinamos, movemos, gesticulamos, miramos y tenemos un concepto del cuerpo según nuestro aprendizaje de como debe hacerlo un “hombre” o una “mujer”.


Cada cultura se rige por unas normas sociales, jurídicas, familiares, de consumo, de convivencia o de supervivencia, por lo que  el sexo y el género son conceptos que adquieren otras dimensiones distintas a las nuestras en otras partes del mundo.

Comencemos por ver cómo la igualdad es distinta en otras sociedades.  La antropóloga Margaret Mead, en su obra “Sexo y Temperamento”, nos mostró tres culturas distintas que desmontaron los estereotipos que teníamos en occidente sobre cómo debe comportarse hombres y mujeres. 

Mead, describió a tres tribus de Nueva Guinea: Arapesh, Tchambuli y Mundugumor.

Entre los arapesh existe igualdad de roles: hombres y mujeres se ayudan socialmente de forma pacífica y colaboran de forma cariñosa.

Los mundugumor, también tienen igualdad de roles, pero se enfrentan de forma agresiva y áspera. Las mujeres se reúnen y los hombres se miran con desconfianza. Creen que la hostilidad es natural entre todos los miembros de un mismo sexo. Incluso la organización familiar está diseñada de manera que la madre y el padre encabezan familias distintas, que se odian y son enfrentadas por los ritos del casamiento.

Por último, los tchambuli tienen roles desiguales, diferenciando entre masculidad y feminidad.  El hombre es sometido y la mujer dominante y fría.  Las mujeres se ocupan de cuestiones de economía, pesca, comercio, administración de dinero, y los hombres viven para el arte o el espectáculo. La organización de las casas thambuli gira en torno a la mujer, los hombres viven sintiéndose poco tolerados, y pueden refugiarse en casa de los hombres, viviendo como solteros.

Al analizar a tres tribus con comportamientos diferentes cuyo espacio geográfico no distaba más de 200 km,  obtenemos como conclusión, según los estudios de Mead, que el temperamento de hombres y mujeres no está ligado de forma directa al sexo.

En los casos de arapesh y  mundugumor vistos, si éstos se comportasen de forma distinta, serían considerados unos inadaptados sociales, pero no se cuestionaría su sexualidad. En nuestra sociedad, un comportamiento distinto a lo esperado da lugar a calificar  a los hombres de “afeminados” y a las mujeres de “machorras”. Estos estereotipos provienen del tipo de cultura. Mead por otro lado, demuestra en su estudio que no todas las culturas tienen una estructura jerárquica ligada al sexo.

Sexo y Parentesco

El sexo tampoco marca el parentesco, pues este se rige según unos roles y comportamientos, la dimensión de la familia (según sea extensa o nuclear) y el tipo de relaciones orientadas a la supervivencia o la época y la sociedad en la que se inserta. En algunas culturas existe el padre o la madre social, que no tiene nada que ver con la biología del sexo, es decir, ser padre o madre es una función y no se ejerce por hombre o mujer. Genitor sería el padre del que se engendra. *1

Como lo señala la antropóloga Francoise Zonabend, si bien todas las sociedades tienen en cuenta los condicionamientos biológicos de la reproducción, muchas veces el “genitor” no es el “padre social”, ni la “genitrix” es forzosamente la “madre social”.

También  se pueden diferenciar tipos de madre no biológicas, que es  la madre que da a luz, ya que están la que hace engordar, la que educa, etc. Por ejemplo, clanes como los Mossi, africanos, distinguen entre la madre para la lactancia (ya), y la mujer con la que vive al terminar el destete (la madre de choza).

El lenguaje para nombrar parientes también se ve afectado por las diferencias que se hace del sexo: un término descriptivo en una sociedad puede llegar a ser un término clasificatorio en otra sociedad. Cuando los patrones básicos de terminología son similares, se puede muy fácilmente traducir los términos de parentesco de un idioma a otro, aunque pueden tener algunas connotaciones distintas. Sin embargo, cuando se utilizan sistemas diferentes de parentesco, la traducción resulta inviable.  En realidad, más importante que el lenguaje es la maternidad o la paternidad basadas en el rol social que se atribuye a ser padre o madre, y no tanto a la relación biológica.
  
Como hemos visto hasta aquí, gracias a la antropología podemos llegar a la conclusión de que los roles de género masculino y femenino no son de carácter innato y universal como podría pensarse, sino que dependen de la cultura.

¿Todavía crees que las hormonas, cromosomas o genitales marcan la diferencia?

Entonces no te pierdas el siguiente artículo, donde descubrirás que hay más de dos sexos: Biología frente a realidad social.



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1 Esto fue deducido en el siglo XIX por  Lewis Henry Morgan (1818–1881), antropólogo que estudió a los iroqueses (en EEUU) cerca de los Grandes Lagos. En sus estudios, recabó numerosos sistemas de nombrar al parentesco y desarrolló una hipótesis sobre la diversidad lingüística según las relaciones parentales. Fue el diseñador de los tipos de familia según 5 patrones de parentesco.  Esta repercusión sobre el lenguaje que proviene del parentesco proviene de un evolucionista como Morgan, que sí atribuía un papel esencial a la relación biológica como forma de paternidad social, genitor masculino, genitrix femenina como sinónimos de padre y madre respectivamente.  En Europa, a mitad del siglo XX, otras tendencias como el estructuralismo o el funcionalismo,  basarían la importancia del parentesco en las implicaciones sociales, pasando por alto la dimensión simbólica del lenguaje para nombrar a los miembros familiares.  

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Fuentes:

Fotografías utilizadas en este blog sin fin comercial. Sujetas a los derechos de sus autores.

MEAD, M. (2006). Sexo y Temperamento. Barcelona: Paidós Ibérica.

ZONABEND,F. (1986) : De la familia. Una visión etnológica del parentesco y la familia. En: Historia de la familia, bajo la dirección de André Burguière, Christiane Klapisch-Zuber, Martine Segalen, Françoise Zonabend, Tomo I, Madrid, Alianza Editorial en Santillán L. (2006) Escuela, nuevas configuraciones familiares y cambio sociocultural.


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